comunicacion

MEJORA LA COMUNICACIÓN FAMILIAR

Nuestra comunicación no solo se basa en el mensaje verbal que trasmitimos. Interpretamos lo que nos quiere decir alguien según sus palabras, gestos, la expresión facial, el tono de voz, su postura, la mirada… Unimos todas las variables verbales y no verbales y de ahí sacamos una conclusión. Por ejemplo muchas veces se malinterpretan conversaciones que tenemos a través de redes sociales como WhatsApp, ya que al ser un medio escrito perdemos toda la comunicación no verbal (quizá alguien nos está diciendo algo de forma cordial y pensamos que está enfadado…). De hecho, el comportamiento no verbal trasmite mucho más que las meras palabras. Como dice el dicho “una imagen vale más que mil palabras” y esto lo tenemos que tener en cuenta a la hora de comunicarnos.

Imagina que le preguntas a alguien “¿Te gusta mi vestido nuevo?”, y te responde “¡Sí, me encanta!” pero su mirada delata lo contrario. ¿Qué interpretas? Lógicamente, que el vestido no le gusta. Cuando estamos frente alguien, no podemos ocultar nuestro comportamiento no verbal. Puedes decidir no hablar o seleccionar lo que vas a decir, pero resulta casi imposible no enviar mensajes a través de tu rostro o de tu cuerpo. No obstante, además del comportamiento no verbal, hay que mostrar empatía, respeto, interés y tolerancia para que haya una buena comunicación entre dos personas.

Muchos padres encuentran dificultades a la hora de comunicarse con sus hijos. Se quejan de que no les escuchan, de que les mienten o que no se entienden mutuamente. Estas dificultades ocurren especialmente cuando los hijos son adolescentes, posiblemente por las características propias de esta edad.

Para mejorar la comunicación con nuestros hijos (o con cualquier otra persona) podríamos tener en cuenta los siguientes consejos:

Mírale a los ojos: la mirada propicia la confianza y que la conversación fluya.

Escucha su lenguaje no verbal y cuida el tuyo. Debemos fijarnos en su expresión facial, si está triste, si está contento, si tiene ganas de hablar, etc. Según como les veamos debemos hablarles de una u otra manera. Si les vemos tristes es mejor “no ponerse pesados” insistiendo que nos digan que les pasa, sino abrazarles y que sientan que cuentan con nuestro apoyo, para cuando les apetezca hablar. Intenta ponerte en su lugar y procura elegir un momento adecuado para tratar ciertos temas con ellos (intenta no regañarle delante de sus amigos, etc).

Escucha sin juzgar. Es aconsejable que el hijo perciba que es escuchado y que su opinión importa. Si queremos que confíe en nosotros, no debemos sancionar cada cosa que haga o nos diga, pues lo único que conseguiremos es que deje de contarnos sus cosas y que nos mienta. Si queremos que cambie en algo y nos preocupa su comportamiento, es mejor que le expliquemos tranquilamente porqué es importante que no haga esto o lo otro, que pongamos ejemplos de cuando nosotros teníamos su edad, que partamos de que el chico hace las cosas con buena intención y necesita ser orientado por nosotros.

Contesta a sus preguntas de forma sincera, honesta y lo más rápido posible. De esta manera los chicos se sentirán importantes y respetados.

No insistas continuamente: no es muy efectivo que le digamos a nuestro hijo que “tiene que hacer algo” mil veces si luego no tiene consecuencias. Es mejor que le advirtamos una vez de que si hace algo tendrá que asumir sus consecuencias, argumentarle el sentido de la norma, (comprobando que la entiende), y cumplirlo desde el primer momento, sin más discusión.

Permítele que muestre sus opiniones y sentimientos. Aunque puede parecer lo contrario, los hijos respetan más a sus padres cuando se sienten libres de manifestar sus pensamientos y emociones. Aceptando esto fomentaremos su confianza y mejorará nuestra relación con ellos.

No compares a tu hijo con sus hermanos o con otros chicos. A nadie nos gusta que nos digan o nos insinúen que somos “inferiores” a otros en algún aspecto.

No pongas “etiquetas”: hay que juzgar siempre el comportamiento de alguien, nunca a la persona. Por ejemplo, si nos molesta que nuestro hijo no ha hecho su cama es mejor que le digamos eso a que le digamos que es un “vago”. Los insultos o las descalificaciones siempre empeoran la comunicación y las relaciones interpersonales.

Enlaces de interés:

Medicación Familiar, Comunidad de Madrid


resolución de conflictos

RESOLUCIÓN DE CONFLICTOS FAMILIARES

Un conflicto se podría definir por ser una situación en la que entran en confrontación dos o más personas o grupos de personas. El conflicto no solo surge por pensar distinto, sino que implica intereses contrapuestos u oposición entre las partes.

Tanto en nuestra familia como con cualquier otra persona, sabemos que tenemos un confictos cuando encontramos tensiones, acusaciones, falta de entendimiento, o falta de acuerdo. Que exista esta controversia es algo normal e inevitable dentro de las relaciones sociales. Por ello, no tiene sentido pretender que no surgan, pues es algo utópico e irreal, pero es importante saber afrontarlos de forma satisfactoria, para el bienestar familiar.

¿Qué motivos suelen provocar más conflictos familiares?

  • Diferencias de intereses, necesidades y deseos de cada uno (por ejemplo,si un hijo quiere salir con sus amigos y el progenitor quiere que se quede en casa estudiando).
  • Diferencia de opinión sobre qué hay que hacer y cómo hay que hacerlo (por ejemplo, entre los padres ciertas cuestiones sobre cómo educar a los niños, cómo y cuando dar premios y castigos, etc).
  • Por tener el mismo interés y no querer o no saber cómo compartirlo (por ejemplo, si dos hermanos quieren ponerse la misma prenda el mismo día).
  • Diferencia de  ideales o valores (por ejemplo, en una comida familiar sale un tema político y cada parte quiere imponer su forma de pensar).

¿Cómo podemos resolver los conflictos?

Podemos encontrar cinco maneras de afrontar un conflicto:

1. Evitación: hacer como que el conflicto no existe. Esto provoca que nos quedemos dentro resentimiento y rencor hacia la otra parte, y malestar en nosotros mismos, por lo que no es una forma recomendable para afrontarlo.

2. Sumisión: aceptar y asumir, sin oposición, la posición del otro aunque no estemos de acuerdo. Esto, además de provocar malestar interno y resentimiento hacia el contrario, puede desencadenar fuertes discusiones y peleas (se “echan cosas en cara”).

3. Autoritarismo: esta manera implica afrontar el conflicto de forma autoritaria, sin tener en cuenta los intereses y pensamientos de la otra parte. Esta forma de resolverlo se da si una de las partes tiene poder sobre la otra parte, por ejemplo los padres a los hijos, profesor a los alumnos, jefe a empleado, etc. Aunque esta forma pueda solucionar el conflicto transitoriamente, en el ámbito familiar aleja afectivamente a la parte sometida (falta de confianza para contar los problemas o inquitudes por miedo al castigo, etc).

4. Negociación: en este caso el conflicto se soluciona por medio del diálogo y la voluntad de llegar a un acuerdo satisfactorio para ambas partes. Esta manera es muy recomendables cuando existe una relación entre iguales (entre la pareja, entre hermanos, entre amigos, etc). Sin embargo, la negociación no siempre se puede dar en las relaciones entre padres e hijos, ya que los segundos deben ser educados y guiados por los primeros (habrá cosas que el hijo deberá hacer aunque no le apetezca).

5. Disciplina inductiva:  esta solución la situariamos entre la imposición y la negociación. Se trata de una autoridad razonada. Esta es la forma más recomendable para solucionar los conflictos entre los padres y los hijos. En este caso, las normas son previamente acordadas por ambas partes, y se apoyan en razones que resaltan el interés del que tiene que cumplirlas. Un ejemplo de esto podría ser explicarle al hijo que debe colaborar con las tareas de la casa antes de poder hacer lo que le gusta (salir, jugar a la playstation…), del mismo modo que los adultos cumplimos con nuestras responsabilidades (trabajar, hacer las labores del hogar, etc) antes de sentarnos a descansar o hacer lo que nos plazca.

Como veis, los motivos que causan los conflictos son muy diversos. Saber identificarlos, manejarlos y afrontarlos es imprescindible para poder tener una convivencia sana dentro del hogar.

Bibliografía:

UNICEF, 04: Guía de Orientación para la intervención en situaciones conflictivas y de vulneración de derechos en el escenario escolar.

Enlaces de interés:

Guía: Cómo resolver los conflictos familiares, atención a familias madrileñas.


AUTONOMIA

AUMENTA LA AUTONOMÍA PERSONAL DE TU HIJ@

El desarrollo de la autonomía personal es un aspecto clave y prioritario en el proceso de educación de cualquier menor. Ser autónomo implica que el menor es capaz de desempeñar actividades o tareas esperables según su edad, es decir, llegar a ser independiente. Como contrapartida, un individuo no autónomo necesitará de supervisión y ayuda en la realización de las mismas tareas.

La adquisición de la autonomía es importante para tener una buena autoestima, madurez y  felicidad. 

Es importante tener en cuenta que el peor enemigo para su desarrollo es la sobreprotección parental. Cuando impedimos que un niño haga una tarea por temor a que se equivoque, fracase o lo haga en un mayor tiempo del deseado provocamos , sin darnos cuenta, que el menor no adquiera hábitos que le permitan actuar por sí solo. Un ejemplo claro sería cuando los padres hacen los deberes de sus hijos.

Enseñar a ser responsables de su comportamiento, y a que cada acto tiene una consecuencia es imprescindible en su consolidación como ser humano autosuficiente.

Un error frecuente que cometen muchos padres es dar paga a sus hijos por sistema. Los menores deben aprender que al igual que nosotros debemos trabajar para poder comer, y cubrir nuestras necesidades materiales., ellos deben atender sus responsabilidades si quieren obtener aquello que les gusta. Esto también ayudará a no formar niños caprichosos que piensan que tienen derecho a todo sin que ellos tengan que dar nada a cambio.

No obstante, los niños deben ser guiados y supervisados en un principio. Hay que “darles la mano, pero permitiendo que caminen solos”. Del mismo modo, es importante reforzar positivamente cada paso nuevo que den con respecto al desarrollo de su autonomía. Por ejemplo apoyarles con frases como “que bien lo has hecho”, o “no importa que no lo hayas conseguido hoy, con esfuerzo lo conseguirás”.  Esto es más efectivo que el penalizar y reprochar los errores que cometen.

Así pues, para la creación de estos hábitos es imprescindible la creación de normas que sean:

  • Firmes: de forma asertiva, con voz segura, sin gritos, ni amenazas que luego no se vayan a cumplir.
  • Explicando el porqué: que entienda el motivo del cumplimiento de la norma.
  • Realistas: no desproporcionadas.
  • Claras: ante una norma no cumplida se tiene una consecuencia establecida.
  • Seriamente consistentes: que no dependan del estado de ánimo ni del momento del día.
  • Inmediatas: a realizar en el momento, que no difieran en el tiempo.

Además, es más efectivo dar las órdenes en positivo que en negativo. Por ejemplo es mejor decir “bajarás al parque cuando hagas los deberes”, que “NO bajarás al parque hasta que hagas los deberes”.

Es importante que el menor entienda la necesidad de cumplir estas normas, redirigiendo la conducta, en vez de criticando a la persona. Por ejemplo, decir “tienes que pedir las cosas por favor” que “eres un maleducado”. En el primer caso estamos criticando la conducta, y en el segundo a la persona.

Estos pequeños pasos aumentarán la probabilidad de que el niño se desarrolle favorablemente, de una forma auntónoma y responsable.

Enlaces de interés:

 Guía infantil: video sobre cómo aumentar la autonomía infantil para niños de infantil y primaria.

CEAPA. Guía: cómo fomentar autonomía y responsabilidad en nuestros hijos/as


estilos educativos

ESTILOS EDUCATIVOS Y SUS CONSECUENCIAS

La familia es un organismo social que aporta al hijo los aprendizajes básicos para su desarrollo psico-social. Desde que nace el niño, la familia es su principal influencia educativa.
Habitualmente, los problemas de conducta que los más jóvenes presentan suelen derivar de entornos familiares en los que hay una carencia o un exceso de límites y normas, y donde la comunicación afectiva es inexistente o inadecuada.
No obstante, ésta no es la única variable que determina el desarrollo de la persona. También influyen otras como: el temperamento y características personales del pequeño, la influencia de otros agentes socializadores (escuela, grupo de iguales…) o el entorno socio-cultural donde se cría (barrio, región, país, religión…).

La manera de educar, entablar relaciones y resolver conflictos familiares establece lo que en Psicología Educativa conocemos como el Estilo Educativo (Shaeffer,1959; D.Baumrind, 1980; Maccoby y Martin,1983), el cual se concreta en pensamientos y conductas parentales respecto a los hijos.

Cada estilo está formado por, al menos, estas cuatro variables:

1. Grado de control sobre el comportamiento del niño,es decir, estrategias empleadas (refuerzos, castigos…) y consistencia/inconsistencia de las pautas de control (que sean arbitrarias o no).
2. Grado de afecto, cariño en la relación.
3. Grado de comunicación entre padres e hijos (diálogo/razonamiento o imposición de las normas).
4. Grado de exigencia de madurez en el niño (fomento de la autonomía o sobreprotección).

La confluencia de estas variables da como resultado cuatro estilos parentales. Estos nunca se dan de una forma pura, aunque suele dominar uno o varios (mezcla) en cada familia :

1. Autoritario:definido por un alto nivel de control y exigencias de madurez, bajo nivel de comunicación y afecto.
Sería el típico estilo en el que no se cuestionan las normas, simplemente hay que cumplirlas porque “yo (padre/madre) lo digo”. Apenas hay muestras de cariño, ni expresión de emociones o sentimientos.
Éste, se suele asociar a un perfil infantil con las siguientes características: obediente, ordenado, poco agresivo, poco tenaz, poco afectuoso, locus de control externo (no se cree responsable de sus éxitos o fracasos,”echa balones fuera”), baja autoestima, dificultades para relacionarse, etc.

2. Permisivo-Sobreprotector: definido por un bajo nivel de control y de exigencia de madurez, con alto nivel de afecto y comunicación (padres “colegas” de los hijos).
Sería el típico estilo en el que el niño es “el rey de la casa”. Sería el extremo contrario al estilo autoritario. Apenas hay normas, el chico está acostumbrado a hacer lo que quiere, sin que sus actos tengan consecuencias. Sin embargo, si hay abundantes muestras de cariño y afecto. Los padres se preocupan excesivamente de que el niño esté contento y “no se frustre”. Un ejemplo claro, que vemos hoy en día bastante a menudo, serían los padres que dan la razón por sistema a los hijos cuando este suspende una asignatura o le regaña un profesor.
Este perfil infantil se caracteriza por: escaso autocontrol, inmadurez, autoestima baja, asunción de pocas responsabilidades (ya que está acostumbrado a que todo se lo den hecho), vital, alegre, etc.

3. Negligente-Evitativo: padres que se involucran poco con los niños y responden mínimamente a sus necesidades y modos de comportamiento. Delegan en otros la educación de sus hijos (escuela, estado, vecinos…) y pasan el mínimo tiempo posible con estos.
Este estilo educativo se caracteriza por tener un bajo nivel de control, de exigencia, de afecto y de comunicación. Los pequeños se crían prácticamente sin soporte familiar. Apenas hay límites ni normas, pero tampoco muestras de cariño, afecto o comunicación. Sería una situación de abandono educativo.
Se asocia al siguiente perfil infantil: baja autoestima y autoconcepto, poca autonomía personal, aprendizaje arbitrario, etc. Evidentemente, este estilo puede tener consecuencias muy negativas en los hijos: fracaso escolar, delincuencia, hábitos insalubres (drogadicción…) , búsqueda de afecto descontrolada, etc.

4. Democrático-Asertivo: este estilo es el ideal para el buen desarrollo de los niños. Afortunadamente es el estilo que predomina en la mayoría de las familias. Se caracteriza por tener un alto nivel en las cuatro dimensiones, tanto en exigencia, como control, comunicación y afecto.
Son familias que ponen límites y normas claras a sus hijos, fomentando el diálogo y la comunicación. Las muestras de cariño y afecto son abundantes, por lo que el niño se siente protegido, seguro y querido.
El perfil infantil es: optimo auto autocontrol; buena autoestima, confianza en sí mismo, iniciativa, persistencia en las tareas, alta interacción social, etc.

La influencia de la familia sobre los niños y jóvenes puede explicar de manera muy significativa el resultado de su desarrollo. Ahora bien, como hemos señalado anteriormente, las características de los padres no son elemento suficiente para explicar los problemas en la educación de los hijos y hay otras variables que debemos de tener en cuenta.

¿Cuáles serían las claves para adoptar un estilo educativo democrático?

Aunque a la mayoría de los padres lo hacen de forma natural, no está de más señalar algunas de las pautas más importantes:

1. Tender siempre al máximo afecto, que se sientan queridos, valorados y seguros. Esto es lo más básico para establecer una buena relación en la que haya comunicación y confianza entre padres e hijos.
2. Aceptar al hijo tal cual es y valorar sus capacidades. Por ejemplo: no pretender que le guste el fútbol, tocar la guitarra… Respetar sus gustos y aficiones, aunque siempre tenemos que dar pautas que vayan a ser saludables para ellos (aunque no le guste la verdura tendrá que comerla, porque es necesaria para que tenga una buena nutrición).
3. Hacerle ver que es digno de confianza (“sé que eres capaz de hacer los deberes tu solo”).
4. Dar responsabilidades adecuadas a su edad y hacer que vean las consecuencias de sus actos ( “si haces X pasa Y”).
5. Explicar el por qué de las normas y dar ejemplo de ellas (ser un modelo a seguir).
6. Dedicar a nuestros hijos tiempo de calidad, donde se fomente la relación y comunicación entre padres-hijos (actividades juntos, deportes, etc.).

Enlaces de interés:

Guía de Estilos educativos para trastornos de la Junta de Andalucía

 


educar

¿QUÉ SIGNIFICA EDUCAR?

La tarea de educar a los niños requiere mucho esfuerzo, constancia y sacrificio para padres y educadores.

No es infrecuente oír a padres que el colegio debe encargarse de la educación de sus hijos (ejemplo; “no digas palabrotas, ¿eso te enseñan en el cole?”…). Por otro lado, algunos maestros y educadores, especialmente en la etapa de secundaria, delegan esa función únicamente en los padres, sin tener en cuenta que los alumnos pasan un tercio de su día a día en la escuela y que, obviamente, aquellos juegan un papel fundamental en su formación global como personas, más allá de la instrucción de sus materias en cuestión. Así pues, hay una tendencia a eximirse de responsabilidades por ambas partes y al final, como dice el refrán, “el uno por el otro, la casa sin barrer”.

Pues bien, contestando al título de esta entrada, en mi opinión, los objetivos finales de la educación deben ser los siguientes:

En primer lugar, conseguir que la persona que estemos educando sea libre. Es de vital importancia que, a medida que va creciendo el niño sea capaz de elegir a conciencia, de tomar sus propias decisiones, y de asumir las consecuencias de sus actos. Un ejemplo: si decides no colaborar con las tareas de la casa no bajarás al parque. Hay que decirlo una vez y cumplirlo.

En segundo lugar, tratar de que sea una persona autónoma, que pueda gobernarse y valerse por sí mismo, y que adquiera un buen uso de su libertad. Muchos padres tienen dificultades para entender este aspecto, ya que hoy en día se tiende a sobreproteger a los hijos (“pobrecito, que no haga su cama…”). La sobreprotección, a efectos educativos, es tan negativa como el abandono, ya que se forman adultos inútiles, incapaces de asumir responsabilidades.

Por último, conseguir que sea responsable, que adquiera valores, compromiso social y motivaciones saludables, para él y para su entorno. Esto se refiere a que tenga motivaciones por construir (un buen futuro laboral, ayudar a quien lo necesita, ser bondadoso y empático, tener un ocio saludable, etc…). En definitiva, crear buenos hábitos para su vida social y personal.

Para poder conseguir que un hijo o alumno esté bien educado tenemos que tener en cuenta lo que necesita:

Que le mostremos amor, afecto, cariño, por encima de todo (especialmente los padres, evidentemente, aunque también los educadores).
Que tenga cubiertas sus necesidades básicas (alimentación, vestimenta, etc…). Aunque desgraciadamente este punto no sólo depende de la voluntad de la familia, sino de sus propias circunstancias.
Que se sientan seguros (cuando empiecen a explorar su entorno, de niños y sobre todo de adolescentes, debemos estar ahí, que cuenten con nuestro apoyo).
Que tengan límites, necesarios para su formación.
Que se formen en un ambiente coherente y estable. Es importante que haya comunicación y cooperación entre escuela y familia, y entre los diferentes miembros de la familia.
Y, finalmente, que tengamos en cuenta las individualidades de cada uno (temperamento, personalidad, situación personal, estado de salud, gustos, aficiones, etc…).

Como habéis visto, la tarea de educar no es algo sencillo, pero con compromiso, constancia y dedicación, padres y educadores podemos conseguirlo. El esfuerzo de todos merece la pena.